Elorrio debe su excelencia paisajística al monte Udala, que lo comunica con Mondragón, y a la cordillera del Amboto, que domina toda la comarca del duranguesado. Sus peñas, recortadas caprichosamente contra el cielo, y las nubes, fundiendo sus tonos grises con los verde-azulados de los pinares del valle de Atxondo y su entorno, han tenido en José Luis Álvarez Arruabarrena un pincel listo para pintar el sosegado encuentro del meteoro con las cumbres y valles de su pueblo natal.

El dominio de la gama menos saturada de los grises le ha dotado de una notable maestría para pintar el encuentro del cielo con el mar y dar curso así a la expresión de emociones formales propias del reservado y solitario carácter del artista. El juego de luces en algunas de sus marinas, con la bruma disipándose con desgana bajo el incipiente sol matinal en los arenales de Urdaibai o en Hondarribia, recuerda a la obra tardía del artista alemán Emil Nolde y a su experimentación poético-religiosa con los paisajes de la costa atlántica del país centroeuropeo.

Sus lienzos evocan una calma particular y una sensación de paz y equilibrio que no cansan a la vista. No aburren. Guardan sin quererlo una estrecha relación con los textos de alguien que vivió y fabuló sobre el mar, los valles y montañas del País Vasco y Navarra. Así relata Pío Baroja en sus memorias su relación con este paisaje: “Me gusta su ambiente húmedo, sus cielos grises y sus nieblas, los valles estrechos, los helechales, los prados verdes y hayedos bordeados por infinidad de caminos hundidos junto a caseríos solitarios.